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Microbiota: el ecosistema silencioso que sostiene tu bienestar

Paola Cortes |

Haces “todo bien” y aun así no te sientes al 100%: energía irregular, piel reactiva, antojos, hinchazón, cambios de ánimo. Muchas veces la respuesta está en la microbiota, el conjunto de microorganismos que vive sobre todo en tu intestino y que influye en cómo absorbes nutrientes, cómo responde tu sistema inmune, cómo regulas el apetito y el metabolismo, e incluso en cómo te sientes a nivel mental.
Una microbiota en equilibrio coopera con tu cuerpo. Una microbiota en desequilibrio (disbiosis) hace que todo cueste más: comes bien pero no absorbes igual, suplementas y no aprovechas, haces esfuerzo y no ves resultados. Conocer su estado te da un mapa para tomar mejores decisiones.


¿Por qué importa el equilibrio?

Absorción de nutrientes: La microbiota ayuda a transformar fibras en ácidos grasos de cadena corta (p. ej., butirato) que nutren el intestino, sintetiza vitaminas (K, B) y facilita la solubilización de minerales. En disbiosis, puedes comer bien y aprovechar poco.


Sistema inmune e inflamación: Gran parte de la inmunidad “vive” en el intestino. Un ecosistema diverso favorece tolerancia y respuesta adecuadas; en disbiosis sube el “ruido” inflamatorio y te sientes más reactiva.


Eje intestino–cerebro y metabolismo: La microbiota produce y modula señales que impactan ánimo, estrés percibido, saciedad y sensibilidad a la insulina. Cuando el intestino está irritado, la mente también lo nota.


Señales de desbalance explicadas en simple
Estas señales funcionales pueden aparecer cuando la microbiota no está en equilibrio. No son un diagnóstico por sí solas, pero orientan dónde mirar y qué ajustar.

Esporas:  son “modos de supervivencia” de algunas bacterias. Si esta señal está alta, puede indicar un ambiente intestinal estresado o hostil.
Cómo te afecta: mayor irritación intestinal, cambios en el tránsito y posible impacto en la absorción de ciertos minerales y vitaminas.

Hongos (levaduras):  tienden a crecer de más con azúcar alto, estrés, uso de antibióticos o baja diversidad bacteriana.

Cómo te afecta: hinchazón, antojos dulces, “niebla mental”, piel reactiva e inflamación de bajo grado.


Señal post-viral:  Tras una infección, pueden quedar huellas inmunes activas.
Cómo te afecta: fatiga persistente, intestino sensible, menor tolerancia alimentaria y sensación de “sistema nervioso acelerado” ante estímulos menores.

Bacteria (desequilibrio o sobrecrecimiento):  no es “buenas vs malas”, sino proporciones y diversidad.
Cómo te afecta: gases, cambios de tránsito, absorción subóptima de hierro/B12/folato, más inflamación y metabolismo menos eficiente.

Señal viral:  refleja la interacción del viroma intestinal con tus bacterias.
Cómo te afecta: fluctuaciones del ecosistema, reactividad inmune y, en algunos casos, fatiga y piel sensible.

Parásitos: pueden competir por nutrientes e irritar la mucosa.
Cómo te afecta: malabsorción (hierro y vitaminas A, D, B12), diarrea o estreñimiento alternante, cólicos y cambios de peso no explicados.

¿Cómo podemos conocer el estado de tu microbiota? (opciones realistas)
Historia y síntomas: Diario de hinchazón/gases, tránsito, piel, energía, sueño, antojos; antecedentes de antibióticos, estrés y viajes.


Pruebas clínicas cuando aplica: Coprológicos, PCR/cultivos ante sospecha de infecciones y pruebas respiratorias si hay indicios de SIBO.


Lecturas funcionales complementarias: Aquí encaja el test de optimización de epigenética como lente adicional: no “diagnostica patógenos”, pero identifica patrones que sugieren disbiosis y ofrece señales como esporas, hongos, señal post-viral, bacterias, señal viral y parásitos.


Ventaja adicional del test
 Incluye una guía práctica que identifica los alimentos que NO debes consumir durante los próximos 90 días, porque podrían causar estrés digestivo e inmunológico en tu caso. Esta información permite reducir carga inflamatoria, calmar la mucosa y enfocar tus esfuerzos en lo que tu cuerpo sí tolera ahora. A partir de ahí, los hábitos se ajustan de forma personalizada y temporal, considerando estas restricciones para ayudarte a volver al equilibrio.


Importante: ninguna prueba sustituye la evaluación clínica. Sirven para contextualizar y personalizar; si hay “banderas rojas”, se indican estudios específicos y derivación.


Hábitos que favorecen una microbiota diversa
Fibra real cada día. Meta gradual: 30 plantas/semana entre verduras, frutas enteras, legumbres, semillas y hierbas.


Polifenoles. Frutos rojos, cacao puro, té verde, aceite de oliva, especias y hierbas aromáticas.


Proteína suficiente y grasas de calidad. Contribuyen a la integridad de la mucosa y a un buen flujo biliar para digerir y absorber mejor.


Ritmo circadiano claro. Luz de mañana, horarios de comida estables, cena no muy tarde.


Movimiento cotidiano. Caminar tras las comidas y fuerza 2–3 veces/semana; el ejercicio modula favorablemente la microbiota.


Evitar antibióticos innecesarios. Si son imprescindibles, plan de reconstrucción intestinal después.


Gestión del estrés y sueño. Cortisol alto y sueño pobre agravan la disbiosis.


Higiene alimentaria y agua segura. Especialmente en viajes.


¿Cuándo sospechar desbalance? Hinchazón variable, intolerancias nuevas, fatiga que no mejora, antojos dulces, “niebla mental”, piel reactiva, infecciones frecuentes, cambios de peso sin explicación o síntomas que empeoran tras antibióticos o periodos de alto estrés.


Conclusión
Cuidar la microbiota no es una moda: es entender y acompañar a un ecosistema vivo que sostiene tu energía, tu ánimo, tu piel, tu inmunidad y tu metabolismo. Cuando aparece un desbalance, no se trata de etiquetar el intestino, sino de mapear mejor el terreno para elegir intervenciones más acertadas. Combinar historia clínica y hábitos con herramientas funcionales —como el test de optimización de epigenética, que además orienta sobre alimentos a evitar por 90 días para disminuir carga digestiva e inmunológica— permite personalizar y priorizar sin adivinanzas. Los hábitos importan y deben adaptarse a tu realidad: más diversidad vegetal, polifenoles, ritmo circadiano, movimiento, buen sueño y manejo del estrés. No buscamos perfección, buscamos consistencia y señales de que el cuerpo vuelve a su equilibrio.


Este contenido es educativo y no sustituye la evaluación médica.


Fuentes consultadas (base científica empleada para este contenido)
Sonnenburg J, Sonnenburg E. The Good Gut. Penguin; 2015.
Lynch SV, Pedersen O. “The Human Intestinal Microbiome in Health and Disease.” N Engl J Med. 2016.
Cryan JF et al. “The Microbiota–Gut–Brain Axis.” Physiol Rev. 2019.
American Gastroenterological Association (AGA). Guías y recursos clínicos sobre microbiota y probióticos.

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